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“Si escribes sobre la actividad de ayer, me gustaría leerlo” Dice Marc.

Y yo respondo que no tengo ganas. Que hay momentos tan duros que no te apetece escribir sobre ellos. ¿Como pintar bonito una situación extrema y desesperante?. Como decía Reinold Messner: “Las montañas no son justas o injustas, son peligrosas.”

Hoy, después de un día y medio, de dormitar, relajar, estirar, comer y recuperar la temperatura corporal.

Me siento aquí, en esta mágica terraza. En este banquito de madera, con vistas que pronto echaré de menos, a estas impresionantes montañas. Y me pongo a escribir.

Días antes, en el Refugio, pregunté a Martín Elías que vía me recomendaba. Él nos contó que la cima de la Aiguille de la République era del tamaño de la mesa. Desde ese momento quise estar allí. Sentada a horcajadas a 3305m con vistas al Dru y a las Grandes Jorases, que parecerían casi a la misma altura.

Para llegar a esa espectacular cumbre, teníamos pensado ir dos cordadas, por la vía República Bananera. Inés con Diana, y Ruth conmigo.

El 28 de Julio los partes daban bueno. Era el día.

Madrugamos tanto que salimos de noche. Las sabanas y mantas se pegan a mi piel y quieren atraparme, pero no cedo.

Estoy emocionada y asustada. No sólo por la escalada, una vía de 24 largos entre V y 6c+. Sino también por la aproximación, atravesando rimayas, grietas y placas de granito mojadas. Al final, con la luz de los frontales, el camino no parece tan expuesto. Y el suelo de nieve mezclado con mica brilla como purpurina negra bajo mis pies.

Cuando llegamos al pie de vía ya hay luz natural.

La cordada de Diana e Inés van en cabeza y escalan el primer largo. Cuando llego a la R1, me doy cuenta que Inés se ha salido de la vía, no parece un V lo que intenta escalar. Monto Reunión donde puedo y aseguro a Ruth. Mientras Inés y Diana destrepan y deciden que hacer, otra cordada de tres llega hasta nosotras. Para que no las adelanten, Diana sale de prisa. Pero nosotras, por esperar, nos quedamos colgadas. La aventura se ha torcido en el primer largo. Y decidimos cambiar de ruta, porque sabemos que detrás de cinco personas no llegaremos a la cumbre deseada.

“Vámonos por la Normal” le digo a Ruth. Y así hacemos.

Cambiamos el chip rápidamente y decidimos hacer una actividad más alpina. Una ruta de 600m a 3000m de altitud es un reto muy interesante.

Es una vía más rápida, aunque a veces es perdedora. Los primeros largos tienen algo más de dificultad, después hay un gran tramo de Couloir que escalamos con botas y en ensamble. Escalar en los Alpes con botas, como los pioneros, es una delicia.

La vía Normal va buscando las debilidades de la pared y uno, mientras escala, admira a los aperturistas, que recorrieron ese camino hace más de un siglo.

Después se une con la República Bananera, unos largos de V Sup. preciosos, con un impresionante patio, que recorren un espolón aéreo y estético.

Nos dejan en el último largo, un 6c+/A0, una placa de granito oscura que culmina en la cumbre.

No me creo estar allí. Son las 16.00 de la tarde y el sol ilumina todo. Desde las alturas contemplo nuestra propia sombra que se refleja en las nubes, rodeada de un aura de arcoíris. Ruth lo llamó “Brocken Spectre”. Una de las visiones más bellas de mi vida.

Me habría quedado horas disfrutando del paisaje y la libertad que se respira en una cumbre como esa. Pero queda la bajada y la Odisea. Como dijo Ed Visteurs: “La cumbre es la mitad del camino”.

Y la montaña, como la vida, es imprevisible. El ser humano no tiene ningún poder sobre las fuerzas de la naturaleza y eso nos hace vulnerables. Para sobrevivir hemos creado una sociedad de confort y todo un entramado, como protección, que nos da una falsa seguridad. Pero cuando te enfrentas a una ascensión así, sabes que la bajada puede ser más complicada que la subida. Y así fue.

Primero entró la niebla, tan espesa que no se veía lo que había delante de ti. Después, los innumerables rapeles de fortuna, de gente que se había embarcado antes que tú. Elegir la línea de rapeles correcta, con tan poca visibilidad, no era tarea fácil. ¿Cuál de ellos tendría continuidad?.

La luz se desvaneció y con la noche llego la lluvia. Mucho antes de lo esperado y con más intensidad. De noche, con niebla, la luz rebota y no se ve ni a toser. Hay que extremar las precauciones.

La lluvia poco a poco comienza a calarlo todo. Las cuerdas, que pesan como maromas, chorrean bajo el machard y el agua helada te empapa los brazos y las piernas en cada rapel. La bajada se convierte en un barranco nocturno y las cascadas recorren las paredes.

Aún así, seguimos bajando. En cada rapel rezamos para que no se nos enganchen las cuerdas, algo muy típico en estas rutas alpinas. Tiro de las cuerdas con firmeza y suavidad, plegamos las cuerdas y preparamos el próximo rapel. Así sucesivamente y de manera interminable.

Tareas sencillas y paso a paso. Miedo que va y que viene. Frío que no se va.

Cuando mi frontal no resistió la lluvia y decidió apagarse, me pareció algo lógico y normal, cansado se fue a dormir. Rapelar sin frontal, que sensación tan espectral, menos mal que al final de las cuerdas la luz de Ruth me iluminaba y me aportaba calma. Era como ver la luz al final de un largo túnel.

Dudas, muchas dudas. Agua, mucha agua. Rápeles, cuerdas que se enganchan. Para arriba, para abajo. ¿Qué más puede pasar? Frío, tiemblo, vuelvo a temblar. Me repliego sobre mi misma, me encojo y me siento tan diminuta.

Muévete, reacciona, hay que salir de aquí. Bajar, seguir bajando. Ayuda, luces, silbidos ¿Hay alguien ahí?, ¿Dónde está el botón de exit? Frrrrrrríooooooo, me cuesta pensar. Sólo hay una opción, seguir bajando. Enfrentar los miedos y llegar a la nieve. Las rimayas y este diluvio, muchas incertidumbres.

Y Ruth no para, no desiste, saca fuerzas y gracias a ella seguimos bajando. Cómo dijo Walter Bonatti: “En las situaciones más extremas, es el espíritu el que te salva.” Cada rapel nos acerca más al suelo y es un regalo. “Nieve, veo la nieve” grita Ruth. Y yo me emociono, rodeada de nada y de silencio. Son las 3.00 de la mañana y llevamos casi 24 horas de actividad sin descanso.

Me pongo los crampones y una nueva energía me inunda. ¿De dónde viene?. Quiero andar, deseo correr por la nieve, pisar el suelo. Ya no tengo miedo ni a grietas, ni a noches, ni a sombras. Quiero calentarme, andar sobre la nieve. “No te preocupes Ruth, sígueme. Encontraremos huellas y sino haré yo las huellas. Vamos al refugio. Ya estamos a salvo, sólo un poco más” Me alegro de haber llevado las botas de montaña, segura sobre los crampones me apoyo en el piolet y vamos avanzando.

A las 4.00 llegamos al refugio. Y los que nos quieren nos esperan despiertos. Nos dan la bienvenida, comida, té caliente y ropa seca. La oscuridad se llena de luz y el compañerismo, de amigos y desconocidos, me llena el corazón. Calor humano, el motor del mundo.

De nada sirven después las críticas destructivas. El podrías, deberías, tendrías… Tomamos las decisiones que creímos mejores en cada momento. Y ahora podemos contarlo, hemos aprendido mucho y somos más fuertes. Habrá gente que nos tache de temerarias, pero la historia del alpinismo no se habría fraguado por personas sin pasión.

La Auguille de la Republica, 3305m. Mi primera cima relevante de los Alpes, nunca lo olvidaré.

Me alegro de haber compartido ese camino contigo, Brave Ruth.

“Allá, donde las casas, y después los árboles, y a continuación la hierba, desaparecen. Nace un reino estéril, salvaje, mineral; Sin embargo, en su pobreza extrema, en su desnudez total, ofrece una riqueza que no tiene precio: la felicidad que se descubre en los ojos de los que lo frecuentan.”

Gastón Rebuffat

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