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Últimamente percibo que las modas han llegado a la montaña. No solamente en cuanto a cómo vestimos, que también…

Me refiero más, al tipo de actividades que realizamos, y Porqué.

Muchas veces en los últimos tiempos vengo observando que solemos ir a tiro hecho. Que alguien nos avisa que hay condiciones en Telera pues allí que vamos todos como locos a medirnos. Que el Taillón está formado pues allí se disponen largas colas para subir por todos sus corredores. Y así como manadas de lobos hambrientos nos movemos en masa. No nos paramos a mirar más allá. A descubrir por nosotros mismos. Preferimos buscar, y rebuscar información en Internet y llevarlo todo muy bien atado. Atrás queda la esencia de la aventura, del descubrimiento, de lo inesperado, de compartir.

Hace dos años, escalé con Marina una vía en Calcena llamada el Espolón de las nieves, una vía preciosa abierta en 1976 en invierno, de ahí su nombre. Marina y yo ideamos un vídeo en tono de humor, en blanco y negro:

Reivindicando, a nuestra manera, el abuso de parabolts sin respetar la historia y las vías que ya fueron abiertas desde abajo y sin expansivos antes de que naciéramos. Quiero remarcar que abrir una vía no es lo mismo que escalar de primero. Y que por lo tanto, una apertura solo ocurre cuando alguien asciende por primera vez una línea, con la incertidumbre y el compromiso que ello supone. Todo lo demás son repeticiones posteriores de esos itinerarios.

Corría el año 76, las fiestas de Navidad. Jesús Vallés y un compañero del instituto, Gonzalo Prado, que por entonces cursaban 6º de bachillerato, iniciaron su aventura. Primero en tren hasta Morata de Jalón y luego en coche de línea hasta Calcena. Iban a escalar a “las Peñas”, como ellos  las llamaban. Abrieron una vía estética y lógica de auto-protección, V+/A2. “El espolón de las nieves”. Hoy, eso que para ellos fue una aventura bajo la nieve, esta parabolado entero. A pesar de ser una vía clásica reseñada en diferentes guías. Y que nosotras, 40 años después, y con el material actual, pudimos escalar sin problemas protegiendo en los agujeros y las fisuras que ofrece la roca calcárea.

A raíz de este vídeo, Jesús me contacto por mi página web, hablándome de muchas cosas, entre otras de su especial refugio en las montañas. Después insistió al Club Pirineos de Zaragoza, al cual pertenece, para que me invitaran a contar mis experiencias. Tras año y medio de e-mails con Félix, encargado de las jornadas y conferencias del club, por fin los astros se alinearon, y tuve el honor de compartir con ellos mi particular visión de la montaña.

Allí se me acogió con los brazos abiertos, fue un día muy intenso lleno de emociones.  Sonia Linacero (periodista del Club) me realizó con cariño una entrevista, que más bien fue una charla entre montañeras-periodistas con una pasión en común, y que a pesar de durar más de una hora, se me pasó volando. Podéis disfrutarla en su blog:

Entrevista

Sucedieron muchas cosas, asistieron oyentes que nos habían visto a Vicky y a mí en Jaca el año anterior, y que les gusto tanto que repetían. Fue todo muy especial y cuando nos fuimos a cenar, Jesús insistió en que debíamos visitar su refugio. Así que tras la gran nevada y con el alto riesgo de aludes, decidimos descubrir el lado secreto del Pirineo, la Sierra Partacua nos esperaba.

Acumuer es un pueblo solitario situado en un valle también solitario. Lejos de los pueblos turísticos del Pirineo. Conserva un encanto añejo, casas de piedra y madera unidas por una calzada también de piedra salida de otras épocas,  arcos, fuentes y una iglesia románica son sus joyas arquitectónicas. Lo más genuino, “la cárcel pública”, pequeña habitación con un teléfono que no necesita monedas, donde los habitantes del pueblo pueden comunicarse con el exterior. Eso sí, según se lee en el cartel “No hay que excederse en el tiempo”. Ese consejo ya me lo daba mi abuela, que en paz descanse, cuando era niña. Había que ahorrar.

Como han cambiado los tiempos, ahora nos pasamos la vida pegados al teléfono móvil. Pero estos días allí, aislada, en el Refugio de Jesús, o “El Cicutar”, seguí a pies juntillas sus siempre sabios consejos. Sin cobertura, ni batería, desconecté del mundo exterior. Disfrutando de los pequeños placeres de la vida, un buen fuego, una buena conversación y sobre todo una buena compañía. Se convirtió en un hogar en las montañas y a pesar de que no tenía las comodidades a las que estamos acostumbrados, o mejor dicho, gracias a ello, la experiencia fue inolvidable.

Me transportó a otra época, a mi pueblo, al frío invierno, al río helado sobre el que patinábamos, a la nieve y los sacos de patatas para “ranarnos” por las empinadas callejuelas, a la casa de mi abuela, al agua caliente frente a la lumbre, al bote grande de hojalata lleno de torreznos, a la palangana por la mañana y al orinal en la noche, a ir al pilón a por agua y a casa de mi tía a por la leche. No hace tantos años de esa existencia más sencilla, pero que lejana me resulta.

De vuelta a lo esencial y en consonancia con ello Jesús me regaló varias guías suyas de estas zonas secretas del Pirineo. Con un prólogo de Jean y Pierre Ravier que también disfrutaron en el pasado del refugio de Acumuer; salpicadas de fotos en blanco y negro, croquis y mapas dibujados a mano alzada sin coordenadas UTM. Jesús enseñándonos sonriente uno de esos croquis nos propuso una actividad de esquí de monte muy larga.

Consistía en subir el Pico Canales, no muy alto 2142 m, bajar por un Collado y recorrer de vuelta una larga pista. Casi 1000 m de desnivel y más de 15 Km de ruta,  largos tramos de portear los esquís a la chepa,  zonas de nieve y hielo de todo tipo, una bajada de buena nieve (pouuuu) y una pista infinita entre bosques.

Dieron como resultado una actividad de sol a sol, unas exageradas ampollas en los pies y una acumulación de paisajes y luces de esos que se quedan grabados en la retina para siempre.

Al final del camino, o mejor dicho en el tramo final. Cuando la luz iba cayendo, el sendero se llenó de maíz. Granos de maíz, como para hacer palomitas. Me sentía como Hansel y Gretel siguiendo el camino de caramelos hasta la casa de la Bruja. En nuestro caso seguimos el maíz hasta las luces de la Iglesia de Acumuer. Que se veía poderosa, dominándolo todo desde las alturas, con una fuerza espectral, entre la niebla y las estrellas.

Al llegar al refu, toca dividir tareas, buscar leña, preparar la cena,  encender el fuego y todo adquiere sentido. La comida sabe mejor gracias al hambre y la falta de distracciones nos hace disfrutar del momento presente y de los amigos con los que decides compartir estos instantes.

Brindamos con vino, por muchas cosas, pero sobre todo por más momentos como ese, por dejarnos sorprender por nuevos caminos, por seguir abriendo huella y por continuar disfrutando, a nuestra manera, de la montaña.

-Gracias a toda la gente del Club Pirineos por la cariñosa acogida y la oportunidad de compartir mis experiencias.

-Gracias a Jesús Valles por su generosidad y su motivación sin mesura.

“A pesar de que estas cumbres, de los macizos de Aurín y Sierra Partacua, nos son poco familiares. Fuimos inmediatamente conquistados por el encanto del que están provistas y por su propia originalidad”. Jean y Pierre Ravier.

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