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Encuentro de Lowe Alpine España.

 

Siempre es un placer volver a los Picos de Europa.

 Esas montañas nuestras que tanto me atraen.

 Pero descubrirlas así, vestidas de Otoño.

 Ha sido algo mágico que no me esperaba.

El fuego cubría los bosques. Un fuego benigno, sin llamas.

Las hayas brillaban con el sol, mostrando sus mejores galas, verde, amarillo, naranja, rojo… Una gama de colores que parecía más de una pintura al óleo que de la realidad.

Y es que, como casi siempre en la vida, para lo malo y también para lo bueno, la realidad supera la ficción.

 

Caminando entre estos bosques fantásticos, por estos caminos que poco a poco se van cargando de hojas, no te sorprendería que apareciese de repente algún personaje de cuento: un gnomo, ¿quizá?; un hada, ¿tal vez?; O ¿puede que un príncipe extraviado?, si es que todavía queda alguno.

Luego sales a las verdes praderas de los Picus y descubres que el cielo se ha tornado en un gris plata. Y las gotitas, primero ligeras y más tarde pesadas, caen sobre nosotros suavemente. Nada nos cambia el ánimo, y seguimos andando con júbilo.

Este cielo nublado, enmarca los bosques, que resaltan aún con más ardor. Y a lo lejos, las millones de hojas rojas que vibran mecidas por el viento, simulan las heridas abiertas de las montañas.

Las mochilas que acarreamos se vuelven menos pesadas, gracias a la alegría de sentirnos tan vivos, empapándonos en vida.

Llegamos al refugio. Y mientras reponemos energía, bebiendo, comiendo un poco y deleitándonos con las vistas, el día se abre ante nosotros. Los macizos nos reciben con los brazos abiertos. El viento y el sol trabajan juntos, secando las paredes y las fisuras con las que llevo semanas soñando. Y uno no se puede sentir más dichoso.

La generosidad del clima, tan inestable en esta época y más en Picos de Europa, me hace creer que yo también soy bienvenida, en esta tierra sin par, de rebecos y caliza.

 

Y por fin, llega el momento deseado, nos vamos a escalar. El grupo se divide por cordadas, Lara Molina, Fernando Calvo y yo vamos enfilados hacia la “Australian crack”, en la aguja Merequete.

Desde que la vi en la reseña, me sentí inexplicablemente atraída por ese nombre y por esa línea. Aunque solo fuera una traza en un papel de una antigua guía.

Ahora frente a ella, lo primero que siento es respeto. Me impresiona e incluso me llega a intimidar. Las dudas me invaden, ¿seré capaz de escalarla?

Salvaje y limpia, como a mí me gusta. Según me voy acercando, una mezcla entre el valor y la osadía, se apodera de mí y decido dejarme llevar por esa fuerza, en busca de la incertidumbre.

Poco a poco, voy superando los tramos clave, echándole toda la garra que tengo, esforzándome y sangrando, un poco, como las montañas.

La caliza es de alta calidad, perfecta. Las gotas de agua, talladas en la roca durante años, se clavan en mi piel cuando empotro los brazos y las manos en su interior. Esta caliza gris no tiene mesura y me acaricia con demasiada intensidad.

En mi nuca siento los ánimos de los compañeros que están ahí abajo, en tierra firme, y su energía me impulsa hacía arriba.

Un tramo más sencillo me imprime valentía para llegar al último paso de fe. Una fisura de dedos muy vertical, rodeada de placa lisa. Subo y no lo veo, bajo al reposo, me cargo de energía y vuelvo a subir, de nuevo bajo al reposo y vuelvo a intentarlo. Cada vez tengo más claro como lo haré. Y me decido, el microfriend tiene que aguantar, y confío en que allí donde miro, la roca me brindara un buen asidero.

Vuelvo a empotrar mis deditos en la estrecha fisura, subo los pies casi a la altura de las manos, y ya no hay marcha atrás. Si el canto está donde espero triunfaré. Si no está, no aguantaré mucho más en esta posición. Saco la mano derecha in extremis y lo toco, ¡ahí estas!, ¡Donde esperaba!, ¡soy afortunada!

Monto la reunión y aseguro a mis compañeros, disfrutando del paisaje y la adrenalina tan rica que corre por mis venas, después de largos así.

Lara y Fer vienen hacia mí, escalan la misma fisura y sienten las mismas caricias de la roca que se tatúan en sus brazos.

Como días después escribiría Lara: “!!Yo con estos compañeros me subo donde haga falta!!.”

 

El siguiente largo mucho más sencillo me permite bajar pulsaciones, disfrutar de una escalada relajada y sonreírle a Manu Pratts. Que colgado del vacío nos echa fotos, se le ve feliz, le apasiona lo que hace. Y de repente dice: “La tenemos” y se le ilumina la cara.

Llegamos a la cumbre y el mismo cielo que nos dio tregua, al ver terminada la tarea, se cierra de nuevo. El viento sopla más fuerte y más frío y la lluvia no tardará.

Nos toca bajar destrepando con los gatos, bajo la lluvia, por la resbalosa canal.

Y hasta eso, le da un punto añadido a la aventura.

Los amigos, que terminaron antes sus actividades, nos esperan al pie de la canal con nuestras botas.

Ahí, todos juntos, riéndonos y disfrutando, nos volvemos a empapar en vida.

La buena compañía, la luz brillante que atraviesa las nubes y el orbayu, convierte al momento en único e irrepetible.

¡ For moments Like this !

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