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La motivación es un sentimiento que se contagia por el aire.

Elige infinitos caminos, emails, wasap, llamadas, fotos, charlas y hasta hojas de Excel.

En este caso, la motivación la trajo Santi, guardada en su petate. Entre los clavos, los ganchos, la maza, la cuerda estática, los friends y el chocolate.

Un sueño estaba escondido en un rinconcito entre sus cacharros de escalada, durante años esperando a ver la luz. Y cuando abrió el petate se extendió como la pólvora. Marina y yo lo vimos claro, lo palpamos y nos dejamos arrastrar a los confines del Duero.

¨En busqueda de rutas vírgenes¨

Una vez allí, el primer paso era elegir. De entre todas las posibilidades, buscábamos una ruta que nos motivase y de corte clásico, con fisuras, chimeneas, diedros donde proteger, ya que queriamos abrir sin expansiones.

Desde el mirador del Picón de Felipe, todos nos fijamos en una línea, que no habíamos visto en ninguna foto. Se encontraba al otro lado del río, en la parte portuguesa. Una fisura estética que recorría la mitad de una pared desconocida y desde lejos parecía bastante limpia. Después alguien comento, os habéis fijado en esa fisura de ahí y todos dijimos Si.

Y sin más, al coche. Nos vamos a Portugal. Y buscamos un paso hacia el Sur para atravesar el río. No sabíamos ni la distancia, ni cómo llegar, pero tampoco importaba.

Nos había picado el gusanillo de la aventura y lo que vino después fue inevitable.

Llegamos al pueblo portugués de Bruço y desde allí al final del pueblo por una pista de tierra, Percurso de Barrage. Despues de 20 minutillos en coche paramos en un árbol, donde montamos nuestro campo base durante unos días. Esa misma tarde buscamos la canal de bajada, orientándonos con las vistas del Picón, la central eléctrica, y los miradores.

Como en un espejo, intentamos imaginarnos al otro lado del río unas horas antes, buscando los puntos de referencia que desde allí habíamos visto.

Una vez encontrada la canal, marcamos con hitos el camino más sencillo.

Primero hasta la portera y la valla de piedra, de ahí a unos bloques, uno de ellos con forma de pez y desde ahí con tendencia a la derecha hacia la vaguada donde empieza la canal paleolítica.

 Al día siguiente intentaríamos bajar hasta el pie de vía.

En este lugar tienes la sensación de estar en el mundo al revés. A diferencia del resto de montañas, aquí primero bajas durante horas, para después poder subir.

Y las paredes aunque espectaculares, nadie diría que existieran entre estas dehesas tan llanas. El paisaje es un interminable paramo con algunos bloques de granito dispersos entre los alcornoques y muchas espigas doradas que brillan con el sol, evocando antiguas épocas.

Aquí la aventura comienza temprano, con las primeras luces del alba y la larga y salvaje bajada. Destrepe, zarzas, rapel, más destrepe, toda clase de pinchos. Y después de cuatro horas llegamos a pie de vía, sucios y magullados.

La vía comienza desde una buena repisa y barajamos varias opciones, fijar los primeros largos y pasar allí la noche o intentar salir por arriba en el día.

Al final elegimos la segunda opción, ya que no llevamos suficiente agua para dos días y aquí el sol pega de lo lindo.

Empiezo yo, que me enciendo fácil y además tengo suerte en los pares y nones. El primer tramo es bonito y un poco menos sucio que los largos superiores.

Desde la R1, mientras monto reunión en una cuevecita, para evitar el sol abrasador del medio día, y aseguro a mis compañeros, observo golosa el siguiente largo, es definitivamente precioso.

Marina, se pone en cabeza de cordada. Y se marca un largazo impresionante de fisura y chimenea con salida desplomada a otro tramo de fisura herbosa y sucia. El largo son 50 metrazos que no relajan, con una dificultad mantenida en el sexto grado sup, con pasos de A1.

En la parte superior la fisura se ciega, y tienes que empotrar las manos en la tierra, permitiendo una protección relativista. Esta vía constituye su primera apertura, y me quito el sombrero.

Cuanto más la conozco más la admiro, valiente, humilde y con una sonrisa siempre en los labios, grande Marina.

Después Santi toma el relevo en los siguientes largos que requieren gran experiencia y maestría con el cepillo.

En la R4 hay que tomar decisiones, parece que la línea sale recta hacia una chimenea offwich difícil de proteger, sucia a la par que dura.

Pero la luz del día va decayendo y decidimos continuar hacia la izquierda. Mediante un péndulo llegamos al pie de un diedro y en un largo llegamos a una zona más sencilla. Un colour de 200 metros, que escalamos en ensamble, con pasos de tercero y cuarto, que van superando bloques.

Es de noche, cansados decidimos parar en una cueva del camino, para reponer energía y echar una cabezadita, como auténticos paleolíticos. Y pasadas unas horas de risas, sueños y algún que otro ronquido. Reanudamos el camino hasta la furgo, en busca de agua y comida.

He de confesar que en algunos tramos la tierra y el musgo me sobrepasaron.

A veces la diferencia entre caer o no caer no dependía de ti, era simplemente que el monticulo de tierra donde apoyabas los pies estuviera bien anclado y aguantara tu peso.

Y me daba pena pensar que nadie querría venir a repetir una vía así, tan salvaje.

Pero hoy, estoy muy feliz, porque mucha gente me ha pedido información y parece que no somos los únicos a los que les va el barro.

Desde la distancia valoro más la actividad y la vía. Pero lo que más valoro es con quien eliges vivir estos momentos vitales tan intensos.

Un verdadero placer recorrer estos caminos con un equipazo de paleolíticos como vosotros.

Gracias a Santi Llop y a Marina Fernández por las risas, la ilusión, la locura, la garra y la pasión compartida.

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