Parte I

Mi instinto es caprichoso, hay días que está tranquilo y me dejo llevar suavemente por el fluir de la vida. Otras veces me susurra al oído y me muestra mi verdadera naturaleza salvaje. Pero hay días distintos, días especiales, días en los que truena tan fuerte como el viento patagónico.

Y así comienza esta historia, sintiendo ese estruendo que resopla con fuerza en mi interior. Y veo las Torres del Paine, y lo entiendo, entiendo todo. Es la primera vez que me pongo bajo los pies de semejantes moles rocosas. Me impresionan en lo más profundo de mí ser. Son reales y estoy en la Patagonia, debemos ser precavidos. Y lo entiendo… Y mi parte tranquila lo acepta: “Calma, céntrate en la Torre Norte» me digo a mi misma. Ahora toca mirar la meteo y estudiar la ruta Monzino hasta casi aprenderla de memoria. Es un camino más accesible, más trepindanga y con más certeza de cumbre. “Mejor una que ninguna” me dicen. Y lo entiendo, y me guardo los gritos dentro.

Pero cuando me imagino escalando mis ojos inevitablemente no miran ni al Norte, ni al Sur, miran al Centro. Siempre de reojo, siempre se me escapan a esa aguja tan estilizada.

La razón se puede controlar, la cabeza se puede controlar, el cuerpo se puede controlar. Pero él corazón y los ojos ¡No! o al menos, yo nunca he podido.

¿Qué dice la meteo? que habrá una ventana de buen tiempo 5 días después de aterrizar en Puerto Natales. Tiempo suficiente para comprar, pedir permisos y pensar estrategias.

¿Qué dice mi corazón? que no es suerte. Que esa ventana la traje yo con mi energía, que está aquí por mí. Que las Torres me aceptan, que quieren que las acaricie, que sangre en sus fisuras, que me desgarre la piel y me cale hasta los huesos en sus ríos verticales, que me dejaran dormir entre sus faldas, que quieren que vea el mundo desde lo más alto y sobre todo, que no tenga miedo.

 

Jefa de expedición

Y el ambiente que se respira en Natales es de locura.

Todo el mundo planeando, material por todas partes, la biblia de Garibotti pasando de mano en mano en el Red Point. Se respira el ansia, la espera por fin recompensada, en este verano patagónico que no ha dado tregua. Miles de planes resuenan, se escucha la Mermoz, Exupery, la Guille…muchos marcharan al Chaltén a probar fortuna.

Sin embargo, yo estoy tranquila. Sé exactamente dónde quiero estar cuando el sol llegue. Aunque aún no lo haya expresado en voz alta. «¿Dónde vais?» nos preguntan, «A la Monzino, Torre Norte”, respondemos. Es un reto realista, es un reto grande, es un reto sensato. Así que con esa idea, pedimos el permiso, recopilamos más información y planeamos todo.

Queremos estar en el parque viviendo 7 días, con margen para portear y escalar. La logística es compleja, necesitamos comprar comida para 7 días y luego hay que llevar todo. Más el material de escalada, dos cuerdas, Friends, cintas, gatos, crampones, botas, piolets… tienda, hornillo, sacos, esterillas, algo de ropa, radio, GPS…

Al final, nos damos cuenta que es mucho peso, demasiado peso para plantearnos llevarlo todo de una vez. Necesitaremos mínimo dos días de porteos entre el refugio Chileno y el campamento japonés. Pero es un lujo andar por los caminos de ese lindo valle, estamos alegres descubriendo el parque, atravesando sus bosques y sus ríos.

Queremos ver las Torres cara a cara

Aprovechamos el segundo día de porteos para subir al mirador Torres. Vamos a contracorriente y cuando llegamos aún hay pocos turistas. Ahora es todo mucho más real, ahí están majestuosas esperándonos. Disfrutamos de una visión espectacular. Un día soleado, con nubes y viento en altura…una belleza.Y de nuevo no puedo quitarle los ojos de encima. Es tan bella, la más bella. Y comprendo perfectamente a Bonington y Whillans, comprendo lo que les llevo a perseguir y lograr semejante proeza. Y lo entiendo…

Hacemos fotos, time laps, grabamos recuerdos y señalamos la Torre Norte con el dedo o al menos eso creemos. Porque, días después, me daré cuenta que al igual que mis ojos mi dedo, como mi corazón indómito, señala donde quiere.

«Nunca Jamás»

Bajamos  de nuevo al refugio chileno para portear hasta nuestra casita del bosque, el campamento japonés. En él me sentía como Peter Pan en el reino de Nunca jamás. Los chiquillos que allí nos juntamos izamos la bandera pirata. soñábamos a voces, compartíamos todo, hasta las heridas, y nos hermanábamos incondicionalmente. Seres especiales, salvajes, bellos, libres, artistas, amantes de cuanto nos rodeaba. Con esa felicidad radiante que solo te dan los grandes espacios naturales.

La mayoría son guías de montaña o porteadores del parque. Algunos han dejado su pega (o trabajo) para estar ahí en esa ventana. Su sacrificio me conmueve, su pasión no tiene límites. ¿Porque la mía debería tenerlos? Estoy en el Sur del mundo, muy lejos de mi hogar pero, extrañamente, me siento en el calor del mismo.

Me acuesto dentro de la tienda de campaña intranquila, esa noche me costará dormir. Mañana nos adentraremos por fin en el valle del silencio en una procesión pesada que nos llevará lejos, al otro lado, a la cara que casi nadie ve de las Torres. Me duermo pensando que todo lo bello es inaccesible y cuanto más inaccesible más bello…sueño, me desvelo, vuelvo a soñar y me veo a mi misma en una cumbre, es muy alta, demasiado, la más alta, capitanea todo, todo queda muy abajo, veo el bloque de la cumbre Norte abajo a lo lejos y la Sur al otro lado. Soy consciente de donde estoy y el sol me abraza, mientras el viento me despeina el flequillo.

«Te voy a dar un susto: tenemos que ir a la central. Lo he visto en mis sueños»

Cuando me despierto no puedo dejar de dar vueltas a la cabeza. Me siento confusa, me siento traidora ¿Por qué? Necesito expresar todo lo que he estado ocultando hasta ahora. Quiero gritar que ansió vivir ese momento, que quiero recorrer cada paso de ese camino. Siento que debemos intentarlo aunque la apuesta sea muy alta y no lleguemos a ninguna cumbre.  «Mejor una que ninguna» no es para mí. Lo primero que digo antes del buenos días es: «Te voy a dar un susto: tenemos que ir a la central. Lo he visto en mis sueños». Ojos azules muy abiertos me escuchan, miles de pensamientos los recorren, mientras yo argumento sin parar casi, ni para tomar aire. Y al fin una respuesta, meditada pero impulsiva a la vez: «No tienes que convencerme, vamos».

Cambia la logística, cambia todo, tenemos que ir preparados para dormir en pared. Son más de 800m de escalada vertical y hasta llegar a la ruta otro tanto. Decidimos dormir lo más cerca posible del incio de la ruta, el objetivo es llegar a la cajita Whillans. El lugar dónde Bonington y Whillans durmieron durante la apertura de la ruta que queremos escalar.  Su ambición fue tal que construyeron (con un cigarro en la boca) una especie de cabaña móvil, con forma de caja, para guarecerse del fuerte viento patagónico.

El valle del silencio es magnifico: bosques, morrenas, glaciares, cruces de arroyos, murallas de granito por todas partes, neveros… Pasamos por delante de la Cueva Bonington, también histórica y descubrimos que está ocupada por los tres chilenos que llevan días en el valle porteando y esperando. Se hacen llamar los galgos de la Patagonia. Y salen de su escondrijo para preguntar por la meteo. El día esta gris, ventoso, húmedo, el cielo cerrado… no dan ganas de salir de la cueva. Les damos las buenas noticias, vienen dos días de sol, altas temperaturas y poco viento. Es difícil de creerlo mirando al cielo, pero si la meteo acierta…

Su dedo tampoco apuntaba a la Norte.

Será una ventana épica, algo que no sucede en años

Nos despedimos y continuamos nuestro camino. Cuando nos alcanza Felipe, un chileno encantador que se ha convertido en nuestro amigo. Va sólo, nos acompañará hasta la Playa, el último vivac antes de empezar la morrena final. Allí se quedará esperando a sus compañeros. Sólo él y nosotros, conocemos el nuevo rumbo que al día siguiente hemos decidido tomar. En el Col iremos a la derecha y no a la izquierda, parece un cambio sutil, ¿no?. Nos despedimos de él hasta el día siguiente y llegamos a la última morrena, eterna, empinada e incómoda, dos pasos para atrás y uno para adelante. Hay momentos que no sé si subo o bajo, o si el mundo se ha ralentizado bajo mis pies. Pero mientras ellos sigan moviéndose todo irá bien.

Pasamos de largo varios vivacs y, sin saberlo, nos saltamos la cajita Williams. Ya no queda ni rastro de lo que un día fue el hogar de los británicos. Con esa inercia de ir más cerca, llegamos a la base de la Torre Norte y por suerte encontramos una pequeña terraza donde pasar la noche.  El cielo se ha abierto y las vistas son indescriptibles. Estamos rodeados por moles imponentes de granito, a un lado las Torres se nos presentan inaccesibles. Y al frente el Escudo y la Fortaleza se ven igual de inexpugnables.

Ese atardecer, esa noche. ¿Cómo explicar algo así? Lo dejaré a vuestra imaginación, colores, muchos… galaxias infinitas llenas de estrellas de otro cielo. Todo para nosotros solos, sobrecogedor. No creo que haya nadie en todo el planeta tan afortunado.

¿Dónde esta el gas?

Ahora a cenar para reponer energías, hidratarse bien y comer es la clave. Pero… ¿Y el gas? Tenemos el JetBoil y comida para cocinar, ¿sin gas? ¡¡No te creo!! ¿hemos dejado el gas en el japonés? Vale…pensamientos positivos, tenemos jamón y lomo extremeño del rico “Ambonisa te salva la vida”. ¿Los fideos de arroz se ablandarán en el agua helada? definitivamente no. Aún así, la sopa fría no esta tan mal, algo hidratará. Dejaremos la avena toda la noche en remojo para poder desayunar. Esto no cambia nada, sólo un poco menos de confort, sólo eso. Mañana es el día y aquí en la Patagonia no hay treguas. «Si quieres confort es mejor quedarte en casa». Aquí, solo para recoger agua del deshielo hay que trepar y destrepar por placas resbalosas. Ojo que si tropiezas dormirás con el culo mojado. “¡¡Pido No!!”.

Es muy agradable tener un nido así en un lugar tan inhóspito.

La noche se cierne sobre nosotros y el viento arrecia. Sólo nos protege un pequeño murete que hemos reconstruido cuando aún era de día. A mitad de la noche cederá con una ráfaga de viento y parte se me caerá encima. Pero por ahora funciona y nos sentimos orgullosos de nuestro trabajo.

¡Empieza la fiesta!

Aún es noche cerrada cuando vemos los primeros frontales, made in USA. Demasiado temprano, demasiado frío y sin luz es muy fácil  perderse, mejor esperar a que aclare. Cuando ocurre aparecen más frontales, esta vez conocidos. Son Felipe y sus amigos que también van a la central. Los galgos chilenos que van a la Monzino. Y la cordada de Camila y Romano que van a Taller del Sol. Gracias a ellos podemos llenar mi termo de agua caliente, lo reservaremos como oro, para la noche en pared.

Ha llegado la hora también para nosotros, hay que salir del nido. Dejar atrás lo conocido y adentrarnos en la aventura. Para llegar al pie de la ruta aún nos queda un buen trecho. Trepar por el espolón, muy atentos que aunque es sencillo vamos desencordados. Pasamos alguna cuerda fija con nudos y desde el hombro vemos que en el embudo hay mucha menos nieve y hielo de lo esperado. Decidimos dejar allí los crampones y piolets para aligerar, el camino que queda por delante parece infinito.

Destrepamos a la canal y después de varios largos de IV, casi 200m de pura trepindanga, que escalamos en simultáneo y en zapatillas, llegamos al Col Bich.

Muy felices de estar ahí, por fin a pie de vida, entonamos nuestro himno de guerra inventado. Las cordadas que nos rodean generan ecos con sus risas.

Templamos los nervios y el sol nos alcanza, mientras esperamos que los compis de arriba avancen.

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