Solicito tu permiso para obtener datos estadísticos de tu navegación en mi web, en cumplimiento del Real Decreto-ley 13/2012. Si continuas navegando considero que aceptas el uso de cookies. OK | Más información

La noche ha llegado al campo 1 del Alpamayo, 5.400 m, una noche tan estrellada que no hacen falta frontales. Palpitan furiosos los astros y tras despedirnos del sol las temperaturas han caído en picado.  Dentro de la minúscula tienda de altura, dentro del saco de dormir con toda la ropa de montaña aún puesta, lucho contra el frío glaciar. Será esta, una batalla perdida de antemano, pues no tardará en colarse en lo más profundo de mi ser. Y se quedará ahí hasta días más tarde, cuando el intenso sol de las montañas lo derrita por completo. Pero todavía no, ahora sobre la nieve, el viento sopla con fuerza. No puedo dormir y el aire sutil de esta altitud no me sacia. Siento que el oxígeno no alcanza mis pulmones, y se pierde por un camino incierto, entre Seracs y alvéolos.

Aquí, tumbada, con los ojos abiertos de par en par, mirando intensamente pero sin ver nada, abrumada por el silencio eterno de esta tierra de nadie, sueño “despierta” con palomitas de maíz.

Para contar bien esta historia, tengo que remontarme a unos días antes de esa noche. Contaré solo los detalles importantes. Obviaré las larguísimas jornadas de viaje entre aviones, taxis, buses y combis que nos llevaron a Huaraz. Tampoco hablaré de los días de aclimatación lidiando con la altitud de estas bellas montañas. Comenzaré la historia tras el largo trekking desde Vaquería pasando por el collado de Punta Unión, tres días de camino con el tiempo revuelto, sol, lluvia, granizo y nieve, nos llevaron hasta donde comienza mi historia, el campo base del Alpamayo.

Los porteadores comen y se despiden, los burros y mulas harán lo propio, después se marcharán todos a sus casas a descansar. Nosotras no, nos quedaremos allí, en esa pradera verde atravesada por un riachuelo que se convertirá en nuestro hogar provisional durante los próximos seis días. El tiempo que tenemos, si todo va bien, para terminar de aclimatar, ascender y descender la montaña.

Con casi 6000m, en concreto 5947m, el Alpamayo destaca sobre todo por su belleza. Se la considera una de las montañas más bellas del planeta. De hecho, en 1966, la revista Alpinismus la proclamo: “La montaña más bella del mundo”. Para mi es algo más que una bella montaña, es la cresta de un gigante dinosaurio prehistórico cubierta de nata montada. Por ahora desde el campo base sólo podemos imaginarlo, porque vemos su lado menos agraciado. Eclipsado por un Artesonraju que domina, con su estampa de la Paramount, el valle.

Los primeros días se escapan entre los dedos, aclimatando, haciendo yoga y porteando material pesado hasta el campo morrena o hasta el inicio del glaciar. La barrera natural que limita el paso al hombre de a pie.

Porque el Alpamayo como todo lo bello se esconde. Oculto tras esa larga morrena y ese sobrecogedor glaciar colgante que hay que escalar para poder contemplar su cara oculta.

Presentada la montaña, procedo a presentar al personaje sorpresa y protagonista de esta historia. Tímido pero abierto en el trato, amante de lo que hace y lo que vive, menudo, trabajador incansable, con una vista de lince y unas manos mágicas que cortan con arte cualquier verdura, Pablo. Nuestro cocinero peruano, capaz de hacer lasaña en una sartén. Pero lo más importante, él que nos cuida y vigila, sabe dónde está cada pieza de su pequeño rebaño. Sabe hasta cómo y cuándo podremos subir. Por eso, aunque yo sabía que algo no marchaba bien en mi interior. Solo fui consciente de la gravedad del asunto, cuando Pablo durante la cena me dijo: “Tu mañana, si sigues así, no podrás subir.”

El plan era atravesar el glaciar a la mañana siguiente, todos juntos, montar el campo de altura, dormir arriba, para el día posterior por cordadas ascender el Alpamayo. Yo estaba emocionada, después de tantos días y expectativas, por fin estábamos allí, al pie de esa montaña tan deseada. Pero no podía cenar, no tenía hambre como otros días y aún así, pensando en el desgaste venidero, me obligue a comer. Mientras en la carpa cocina mis compañeros reían y bromeaban, yo no podía. Comer era tan duro como portear. “Poco a poco” pensaba.

Esa noche fue infernal, tenía fiebre, temblaba espasmódicamente y de repente rompía a sudar sin control. Entre gemidos de dolor le decía a Ruth que me sentía realmente mal. Ella leía tranquila y me decía que se pasaría. Lo sabía, porque días antes Ella y Marc, durante la aclimatación en el pico Mateo, habían pasado por lo mismo. No termino el dolor hasta altas horas de la madrugada que salí de la tienda y me convertí, sin desearlo, en la niña del exorcista. “Mejor fuera que dentro” sentencio Ruth y apago su frontal.

Yo sabía que Pablo tenía razón, al día siguiente no podría ver la bella pared sureste, la cara oculta del Alpamayo.

Amanecí derrotada y sudorosa y seguía sin poder comer. Augusto “el Doc” y Diana se quedaron conmigo, mientras el resto del grupo siguió con el plan inicial.

Pase con ellos un día de descanso obligado. Dormitando, hidratándome y leyendo juntos cuentos de Cortazar: Cronopio, Cronopio, Fama y Esperanza… Ese día yo era eso, pura Esperanza.

El tiempo se agotaba.

Cuando no puedes comer pero sientes hambre, aunque aborreces la comida, te consuelas imaginando el sabor de algo que te encanta. En mi caso lo normal habría sido soñar con jamón serrano, fue la primera palabra que dije en mi vida: “mamon”. Antes incluso que mama o papa. Mi familia hacia matanza en el pueblo y el jamón es, desde entonces, mi perdición. Siempre me lo recuerdan en las fiestas de Navidad delante de un plato de jabugo que devoro sin piedad. No sé porque, esta vez, sólo podía pensar, y pensaba en voz alta en canchitas de maíz.

Esa noche cene muy poco, aun así decidí que al día siguiente lo tenía que intentar. Al menos llegar al campo de altura y ver que había detrás de todo aquello.

Atravesar el glaciar de grietas y seracs colgantes fue más duro de lo esperado. Pero me sentía un poco mejor. Nos avisaron que tuviéramos cuidado, ya que días antes un serac se había desprendido. Debíamos extremar las precauciones. Yo quería pasar esa zona inestable rápidamente, por desgracia no fue así. La cordada no funcionaba, no había entendimiento y se respiraba continuamente la tensión. Además los pianos que cargábamos en la espalda tampoco ayudaban. En esos momentos, uno se vuelve realmente consciente de lo efímero que es todo, es solo cuestión de tiempo y suerte.  A pesar de los conflictos, con esfuerzo, pudimos superar los largos de hielo que nos separaban de las compañeros, que estaban en ese momento celebrando su ascensión.

Al llegar al campamento de altura felicito a todos. Y contemplo apática lo que tanto ansiaba ver. Puede que la debilidad física me hiciera estar más sensible de lo normal, pero siempre he tenido una cosa clara, lo más importante no son las actividades, ni las cumbres. Para mi, lo más importante es con quien compartes esas intensas vivencias. Somos las personas las que hacemos enriquecedoras las experiencias, tanto en la montaña como en la vida. Por eso cuando Marc, que en estos años ha aprendido a conocerme, me propuso cambiar cordadas y escalar juntos al día siguiente, no me lo pensé dos veces.

Dentro de la tienda de campaña espero con ansiedad a que el reloj marque las 3.00 a.m.  No puedo dormir, por muchos motivos, la altitud, el frío, el aire, los nervios, las nauseas, el hambre, así que es un alivio el sonido del despertador y empezar a caminar hacia lo que había venido buscando. Una nueva aventura, superar los miedos, compartir, crecer como alpinista y ampliar mis experiencias vitales.

Fue un día hermoso, sin tensiones, ni sobresaltos, diferente, tranquilo en cierto sentido. Me limitaba a avanzar por esas infinitas escaleras al cielo. Directa francesa, 450m, D+, 70º. En algunos largos notaba la falta de reservas por los días de ayunas y las nauseas iban y venían. Pero Marc me cuidaba a su manera y ascendíamos a buen ritmo. Sorprende poder subir por ahí, si lo miras desde lejos impresiona en extremo. Pero, una vez dentro de esos pliegues prehistóricos, la escalada es un poco monótona. Seis largos a más de sesenta metros. Ascendemos bien sincronizados, resoplando a veces y disfrutando sutilmente. Los gemelos me arden cuando me tengo que detener en equilibrio mientras Marc monta reunión. Como vamos a tramos en ensamble la confianza mutua es máxima, vidas que penden de un par de hilos. Me acuerdo de los cronopios de Cortázar. Y de “sus hilos, uno azul”.

El último largo es diferente, esconde una joya final, una cascada adiedrada de hielo azul. Culmina esta, en una salida a la arista cimera de nieve polvorosa, que a cada ascenso se desmigaja un poco más. Y ahí estamos, son las 11 de la mañana y el sol nos da la bienvenida a la cima del Alpamayo. Estamos en pie, subidos a esa bolita de nata montada que veíamos desde abajo. La cima es como un torreón de galayos de polvo blanco que se deshace a 6000m. Estamos en el punto más alto de la cresta del Dimetrodon.

Un abrazo, foto de cumbre, gracias Marc por repetir la vía conmigo “te debo una pizza en Huaraz” (al final fueron unos jugos y un tamal) y sin más demora empezamos a rapelar. Bajar es muy intenso, estacas y abalacovs, colgajos blancos sobre nuestras cabezas. Y al pisar la nieve firme sufrimos el peso del sol abrasador del medio día. La penosa y lenta marcha hasta el campo 1, a través de ese desierto blanco, termina por minar nuestras últimas fuerzas. Dormiremos de nuevo allí, en nuestro pequeño oasis. Toca volver a respirar ese aire sutil que nunca llega a saciarte, pelear de nuevo contra el frío, revivir esa infinita escalera al cielo y soñar de nuevo con palomitas de maíz.

Bajar por la morrena de rocas movedizas cargada como una mula, con el peso de dos porteos de subida y solo uno de bajada, es desgarrador. Llevo dos mochilas atadas y llenas de peso, cuerdas y todo el material que se pueda colgar por fuera. Es un misterio como se sujetan en mi espalda, como también es un misterio que no se me partan las rodillas. Todo se mueve bajo mis pies, aun así miro al suelo y me concentro en seguir bajando, un paso tras otro.

¿En qué piensas? Yo en la comida deliciosa de Pablo, en bañarme en el río, en el aire tan rico de allá abajo y sobre todo en bajar de allí ya.

La historia llega a su fin. Estoy derrumbada en el suelo, sobre la hierba verde del campo base. Tengo los ojos cerrados y la respiración disparada. Las mochilas y los trastos esparramados a un lado de mi cuerpo, han dejado de pesar.

 

Oigo sus risas de fondo, unas risas que conozco bien. Abro los ojos, alzo la vista y veo a mis compañeras alrededor de una mesa.

En la mesa hay un cuenco.

En el cuenco… ¡¡Palomitas!!.

Pablo me mira y me sonríe. No dice nada pero lo dice todo.

Una lagrima rueda por mi mejilla.

 

¡Ahora si he llegado a la cumbre del Alpamayo!

Pin It on Pinterest

A %d blogueros les gusta esto: